Como de costumbre

Desde el tren, he mirado por fin la calma de los dioses y habituado desde allí a la alucinación simple, he sentido por primera vez cómo ardían y bailaban las letras delante de mis ojos. “Yo soy los suburbios de una ciudad que no existe”, me he dicho recordando a Pessoa, y luego me he imaginado que andaba por una ciudad desierta, por un desierto vacío de mucha gente, en un gran laberinto donde todos las personas que iba encontrando tenían el mismo libro, leían el mismo libro: Locus solus.

Así, creyendo no saber bien dónde estoy, como de costumbre, he levantado la cabeza y en el fondo del vagón, del coche 10, a 260 kilómetros camino de una ciudad que no existe, he visto cómo una chica, de gafas redondas y negras, iba leyendo Locus solus, y cómo esa chica nunca levantaba la mirada, solo sonreía, una y otra vez, mientras sus manos blancas como la mañana iban pasando páginas. A medida que iba a dejando atrás las hojas, fui viendo cómo el libro iba cambiando y ahora era otro, El arte de perder de Scott Fitzgerald, a la vez que de la boca de la chica salían unas inesperadas palabras, unas letras que ardían y bailaban en el aire sobrecargado de un tren vacío:

Zelda sigue muy enferma. De vez en cuando experimenta una ligera mejoría, pero luego comete alguna locura repentina. Por desgracia, parece que pasará mucho tiempo hasta que se recupere por completo. Como usted sabe, una de las cosas que le impiden hacerlo, y que va en contra de los esfuerzos de los médicos, es su continuo miedo a desperdiciar el tiempo necesario para las clases de baile y la idea de que no tiene tiempo que perder.

Yo tampoco tenía tiempo que perder y me dirigí hacia el asiento donde estaba la chica, con sus manos blancas y sus gafas woodyallenianas, y me presenté: Me llamo Raymond. Ella ni siquiera levantó la mirada y dijo: “Me llamo Zadie, Zadie Stewart”. Y siguió con su lectura. Entonces le dije, sin respirar: “Cariño tengo ambición entusiasmo y confianza declaro todo glorioso el mundo es un juego estoy seguro de tu amor todo es posible soy la tierra de ambición y éxito y solo espero y confío que mi alma esté conmigo pronto”.

Ella no dijo nada, continuó pasando hojas y sonriendo. Yo volví a mi asiento, un poco desesperado, aturdido por aquel silencio tangible. Se bajó en Brooklyn Heigths. Con las prisas vi cómo se dejaba en su asiento una revista. La abrí y en su interior había un número de teléfono: Zadie, (212) 719-1859. Pensé que Zadie había dejado aquel número para mí y sentí cómo ya no era el suburbio de una ciudad que no existe, sino una ciudad en llamas, una ciudad que flotaba vacía sobre el vacío de mí mismo, una ciudad nueva, de euforia incontrolada, una ciudad de la que todos llegarían un día a conocer su nombre…

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