Cosas inútiles que nos llenan

Sin cosas inútiles no avanzaríamos. El mundo se tornaría perfecto e insoportable. Cada tarde sería verano y una luz suave se derramaría por nuestros corazones como un charco abundante de ginebra. Necesitamos lo inútil para seguir vivos. Para llegar a la noche. Para ver a Drácula escalar como un lagarto nuestros edificios parduscos y todo eso.

Si te sientes una persona de verdad doblarás cada día tu mano hacia atrás. La llevarás hasta al carcaj. Cogerás una cosa inútil. Una cualquiera. Cinco bolsas del supermercado a la vez o un mediodía de deporte a cuarenta grados en agosto. Lo que sea. Algo sencillo de manejar. La pondrás en tu arco de plata. La tensarás. Mirarás un segundo a tu reina Daenerys Targaryen, madre de dragones. Y la lanzarás al cielo como la bengala añil de un náufrago. Ya en el aire vibrará hasta apagarse algo dentro de ti. Notarás un clic así como de quinquel antiguo de la bisabuela. Y te sentirás tan bien como a mitad de un matrimonio.

Todos hemos dormido alguna vez abrazados con ternura a algo sin importancia. A Las mil y una noches o a El Quijote, que pesan como un ancla. Literatura seria y portátil de llevarse fácil a la playa o al pantano un domingo, durante los perfectos simulacros de mudanza de todas las familias del mundo, abiertas en canal por el calor. Camiones hasta la boca de camino al mar que nunca no hemos parado a mirar en serio.

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Gambardella.

Se hacen cosas inútiles todo el tiempo. Cosas que parecen que nos sirven de alguna manera. Correr delante de un toro. Asfixiarse en un chupinazo. Entre toda esa gente. Y mirar al cielo pidiendo clemencia… Tirarse tomates en una fiesta. Coger una llamada en mitad de un concierto. Bucear a pulmón. Nadar hasta la boya. Hacer puenting. Subir once pisos por las escaleras. Y basta de enumerar, que diría Unamuno.

Ahora miro más que nunca al techo. Como Jep Gambardella en La gran belleza. Es una de mis cosas inútiles que más me llenan. Ver en el techo el agua mecerse con exquisita suavidad y recordarme otra vez felizmente joven. Andar con la cara de triunfo a la intemperie. Fracasar sin descanso. Y descubrir una a una otra vez todas mis obsesiones. Mis íntimas soledades. La extrañeza de toda la verdad que me parece también mentira.

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