Cuando Sophie Calle me llamó

Sonaba To love somebody de Joplin cuando llamaron al teléfono. Era medianoche. Los libros hacían ya varias horas que habían cerrado sus puertas. Por una pared subía una fila de hormigas cargadas de vértigo. Parecían los coches que vuelven de vacaciones hacia el Estrecho. En la calle no había luz. Me recordó a los apagones del barrio argentino de Leila Guerriero. En aquella oscuridad divisé dos estrellas demasiado juntas como las vocales de un diptongo. Me vino a la cabeza la palabra Europa. El teléfono ya había sonado tres veces.

sophiecalle
Sophie Calle.

“Dejemos que el pasado sea pasado”, dijo al otro lado una voz hecha añicos. “¿Quién es?”, pregunté. “Soy Paul Auster”. “¡Pero si es usted una mujer!”, grité, casi enfurecido. “Soy Sophie Calle”. Y colgó. Era la segunda noche seguida que alguien llamaba a deshora. El día anterior, al descolgar, una voz tenue, bastante joven, me preguntó si adoraba los hospitales. “Sí, los adoro –le respondí-. Fuera de ellos me muero de aburrimiento”.

Entonces también colgó.

El vinilo de Joplin se paró. Un gato hurgaba en una papelera que llevaba un mes sin recogerse. Por la acera iba un hombre embutido en una gabardina. Tenía la cabeza larga y huesuda. La nariz grande, achatada. Era bajito y pasaba de los cincuenta. Andaba mesándose la barba. Me recordó al detective que mi madre contrató, con mi consentimiento, cuando entré en la universidad. El detective no sabía nada de si yo estaba al corriente de todo aquello. Este fue el último parte de mis movimientos que entregó: “No sale del bar. Allí perfecciona la risa con sus amigos. Fuma ducados. Lee a Tabucchi y a Tavares. No va a clases de inglés. Aprovecha para ir al cine. Ayer lunes, por ejemplo, entró otra vez a ver American History X”.

Regresé a los abismos del sofá. Todo se había vuelto de pronto poco narrativo. El salón parecía un concierto cuando ya todo el mundo se ha ido. Demasiado desorden. Demasiado silencio arrastrándose como un marine por ese suelo y ese aire bárbaro, brutal y mudo (Ortega). Me dormí. Creo que soñé con una luz como de Vermeer bajando la perdición de unas caderas.

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