¡Háblenme de todo eso!

Yo quiero que me hablen de literatura. Cuando entre a un bar o cuando compre el pan debajo de casa. Yo quiero que me hablen de libros. De jazz y de amor. De noches azules invencibles que dejan surcos de vino entre los labios. De sueños extraños que excavan una zanja de duda por dentro y de la que luego sale una niebla espesa y dulce.

Quiero que ustedes me hablen con lentitud de todo eso. Me muestren sus mundos callados. Borrosos. Sensibles. Sus pequeños universos. Que me cuenten que se emocionaron otra vez oyendo relinchar a los caballos. Que desean con todas sus ganas volver a vivir uno de esos días que perdieron. Quiero que vengan y me digan que van de vez en cuando a los cementerios a conversar con alguien que guarda silencio. Y que allí toman importantes y precisas decisiones. O que han visto a Pynchon.

Raymond_Carver
Raymond Carver.

Cuando vayamos a beber cervezas o de camino a los conciertos quiero que me hablen de todo eso. Quiero que me digan, mientras dejamos atrás los árboles en la oscuridad sedienta: “¡Sabés, leo a Borges!” Y luego que la conversación se infle de entusiasmo y digan que también leen a John Berger. A Patricia Highsmith. A Vila-Matas. A Lledó. Y de pronto me los citen. Me suelten un par de frases que me hagan pensar o que me estremezcan de una manera que durante un rato no pueda moverme. No pueda dar ni un solo paso por esta esquina perdida y loca del mundo.

A mí, cuando me vean por ahí, entre perros de ojos amarillos y luces de ceniza, cuando me vean escapando de mí mismo, no me digan que hace sol o que llueve, que el tráfico está imposible. No, a mí recuérdenme que el verano está ardiendo blanco como una tiza en un libro de Salter. O que tienes un Tío Celerino, como Rulfo, que te cuentas las historias. Sorpréndanme. Díganme que trabajan en una Cámara de Escritura para Desocupados y que lo único que hacen es jugar al ajedrez en Cadaqués. Sáquenme con sus palabras de las cosas civiles y de las pulsiones espesas y ábranme otro camino, complejo y simple, por donde corra un chorro de aire insatisfecho, una ventisca asombrosa y perfecta.

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