La belleza de una siesta

Yo pasé del mito al logos en una siesta. Era una tarde de fuego, tierra, aire y agua tibia. De boca seca, cicuta hirviendo y sombras grises temblequeando en las cavernas. Me adentré en la siesta, atravesé de un tirón la ciénaga del mito -los dioses, la oralidad…- y llegué por un camino de difícil acceso hasta el logos, como buscando a un asesino, como si fuera Rust Cohle o Martin Hart en la primera de True Detective.

Las siestas me vuelven un poco extraterrestre. Como Messi o Sofía Loren, que hacen sueños con el balón y el tiempo. Como Indurain, que escribía novelas de autor sentado en la bicicleta sin moverse, allá por Los Alpes, de camino al cielo… A las siestas se llega tarde, como todo en la vida. Se descubre primero su dulzura y luego su belleza. La luz de su silencio aquietado y blanco como la tiza. Hay que meterse en ella despacio como en el Atlántico. Tocándola primero con los pies y después sentirla ya en todo el cuerpo. Una siesta es eso, una superproducción del sueño. Es David Lean grabando en Sevilla Lawrence de Arabia o Herzog filmandoFitzcarraldo en el Amazonas. Es algo demasiado grande, demasiado inabarcable. Como vivir habiendo cenado con Marilyn o con Lennon.

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Patricia Highsmith.


No puedes llegar a nada serio en la vida, nada verdaderamente importante, si no te tomas una buena siesta. Sin esa pasión defraudarás a tus padres. Luego a tus amigos. La siesta se lleva por dentro, como las mentiras o la sangre. Es un viaje entre dos mundos. Es pasar de un hemisferio a otro casi sin darte cuenta. Es una contrarreloj suave. Un prólogo.

A Patricia Highsmith le encantaban las siestas. En ellas solucionaba sus problemas. “Un sueñecito ahorra tiempo en lugar de malgastarlo. Me acuesto con el problema y me despierto con la respuesta”, decía. Allí dentro encendía las luces. Aclaraba sus tinieblas. Organizaba su vida para escribir, para despertarse y empezar a ordenar su mundo como si acabara de amanecer. Poniéndose incómoda. Al borde de la silla. Como piensa que lo hacía Mr. Ripley, que asesinaba por necesidad, no por placer.

Hay un momento inesperado en el que abres tu puerta a la siesta. La dejas pasar. Le sirves una horchata. Y tu vida empieza a flotar por ella plácidamente como un trozo de canela en la superficie de un vaso de leche. Tras la siesta eres otro. Aunque no sabes muy bien quién. Alguien que sobrevive y no sabes cómo. Alguien que llegó hasta aquí, bien por instinto o por suerte, dando pasos por un suelo firme que se hunde, alguien que pierde el aroma de su vida sin querer. Los mejores tiempos. Y escribe para fingir que sabe cómo retrasar lo que se escapa. Que cree que sabe algo, sin saber nada.

 

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