Lo que está en juego

Creo que he vivido días felices que jadeaban como perros. He cruzado de puntillas la noche vacía como un parque en invierno. He repetido nombres. Bares. Errores. He caído en trampas. En telarañas de lana. He apagado fuegos.

He mirado atrás muchas veces. He soñado con monstruos. He conocido a monstruos vanidosos que me han hecho muy pequeño. He ido a ciudades que no se me van de los ojos. He tocado la magia de la nieve. He escuchado el mar rugir de madrugada para mí solo. He olvidado caras. Bocas. Voces. Manos suaves. Palabras. También me han olvidado.

Me he sentido estúpidamente invencible. Aquiles o algo de eso. Me he dejado arrastrar por la euforia muchas veces. Me he reído de todo. Me he encontrado con personas de otro mundo. Hombres y mujeres de mirada limpia y futuro incierto. He escuchado a Cohen:Encerraron a un hombre que quería dirigir el mundo. Los muy idiotas encerraron al que no era.

He leído como si sólo esa fuera la manera que tuviera de salvarme. He dormido con libros abiertos. He dormido solo. He llorado por el perfil de sombra y duda que deja la tarde. He perdido cosas. Demasiadas cosas. Años. Otoños. Desiertos. Curvas. Ritmos…

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Leonard Cohen.

He ido al cementerio a hablarle a mis muertos. Ellos un día rieron como yo. Corrieron como yo. Se creyeron también eternos como yo. Tenían secretos. Dolores. Ansiedades. Echaban cuentas. Despreciaban. Sumaban. Amaban, sí, amaban como yo.He gritado versos hermosos: Debo creer, sin vacilar un punto / que murió con mi nombre en las pupilas. Me he lamentado a menudo. He echado de menos. Echo de menos. Quizá solo sea un heterónimo con saudade.

Me pongo a unos pasos de las tumbas como Nick Wasicsko en Show me a hero. Les hablo a mis muertos sin parar como un loco. Lloro sin parar como un niño o como un viejo. Siento el desorden bajando la escalera. Y ya no puedo escribir. Ya no puedo escribir tropezando con mis fríos y la niebla.

He abierto la boca bajo el agua. He visto como había trenes que volvían y se paraban ante mí muchas veces. He escuchado voces como Virginia Woolf. He estado triste. He atravesado calles dickensianas en bicicleta. He sentido miedo, mucho miedo, una mañana que tenía los labios de un color cualquiera.

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