Madrid-Londres

Esta semana, de camino a un lugar que no podía imaginarme, he sentido de pronto cómo me estremecía al pensar en una frase de Marcel Proust que leí una vez en Madrid, en el muro de un tejar abandonado: “Los muertos no existen salvo en nosotros”.

Paralizado, he estado un rato pensando en la frase y luego he comenzado a pedalear muy fuerte, como si quisiera en cada pedalada olvidar algo, olvidar incluso aquello que aún ni siquiera puede ser olvidado. Si eres la muerte, me he dicho, ¿por qué lloras? y he seguido bordeando el río, he seguido pisando las sombras de estas callejuelas junto a la Tate Modern y luego he visto, en lo más alto de los edificios acristalados de Liverpool Street, hombres y mujeres bailando sin parar, en la línea divisoria entre la tarde y la noche, danzando en una extrema sensación de eternidad.

En casa, he escuchado los mensajes del contestador y en uno de ellos se oía la voz sollozando de mi madre, que no parecía la de mi madre, anunciándome la muerte de un familiar. He caído desplomado sobre el sofá de orejas y he llorado, como si llorara por última vez, en la oscuridad extrema, en la soledad jadeante, sonora como un martillo. Y para consolarme, como si fuera eso sencillo, he abierto el libro de Joan Didion, El año del pensamiento mágico, y me he vuelto a estremecer al comprobar por donde iba: “Cuando lloramos a nuestros seres queridos también nos estamos llorando a nosotros mismos, para bien o para mal. A quienes éramos. A quienes ya no somos. Y a quienes no seremos definitivamente un día”.

Mientras me liaba un cigarrillo he visto en el piso de enfrente a una mujer que también lloraba. La cabeza apoyada contra el cristal. La piel arrugada. El pelo cayéndole sobre los ojos. Y he pensado en algo que no había pensado nunca, algo tan extraño que ni siquiera puedo explicarlo.

¡Ojalá todos los finales fueran abiertos!, he gritado. ¡Ojalá que el final sólo fuera el principio! Y he vuelto al estremecimiento de Joan Didion, que no quiere ver pasar el tiempo porque sabe lo pronto que olvidamos: “La imagen que tengo de John en el instante de su muerte se volverá menos inmediata y menos cruda. Se convertirá en algo que pasó un año distinto. Mi noción del mismo John, de John vivo, se volverá más remota, más difusa, desdibujada, transmutada en lo que sea que sirva mejor para vivir sin él”.

He visto, de repente, desdibujarse a la mujer de la ventana. He visto transmutarse el silencio en palabras. Un grito de mujer en la noche. Una angustia. “Sé por qué intentamos mantener con vida a los muertos: intentamos mantenerlos con vida para tenerlos con nosotros”.

He salido de madrugada. Y me he perdido por Londres, que durante un buen rato me parecía Comala. Luego me han abandonado otra vez las palabras.

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