Marcel Duchamp, soltero del arte

publicado en: Excéntricos ejemplares | 0

Ahora haré de mí mismo. Me quitaré de la cabeza la frase de la señora Cheever sobre su marido (“Puede que fuera infiel, puede que fuera un borracho, pero siempre estaba en casa a la hora de la cena”) y seré lo que siempre fui: un secreto explorador de excéntricos.

Me adentraré en un callejón sin salida, atraído por la idea de interconectar trozos dispersos que no parecen encajar juntos, fragmentos de un grupo sin grupo que arriesga, que hace añicos el sentido común, que pone boca arriba cualquier certeza discursiva del mundo, que se rebela contra las leyes de lo imperante y demuele los límites del arte, por el ensanche de sus bordes.

¿Acaso puedo seguir sin preguntarme si es posible escribir una serie sobre la extravagancia sin ser en cierta medida extravagante? ¿No es más que extraño que a mi edad aún sea un hijo sin hijos, una máquina soltera, alguien que escribe un diario únicamente los días pares que acaban en números redondos y al que le encantaría, sin saber bien por qué, apellidarse Chejfec?

Quizá sufra una especie de hiperextravagancia no artística y en ella esté el origen de mi interés por rastrear lo raro en el arte, que sea ahí donde se sitúe el corazón mismo de mi búsqueda para encontrar artistas -escritores, pintores, músicos, cineastas, actores, personajes u objetos artísticos- que lo son sin necesidad de estar demostrándolo, que están al margen de cualquier obligación mercantil o del canon establecido, que transforman el mundo en silencio, lo enriquecen a través de propuestas donde sobresale el humor, la parodia, la provocación y la exquisita ironía.

Habita en mí una irrefrenable fascinación por estos artistas de lo excéntrico. Sus rarezas, sus obras inacabadas o inexistentes, sus artefactos sobre el arte de lo auténtico (que es la cosa en sí misma y no algo sobre la cosa, según Beckett) su inesperado silencio o su visión sobre la pesadez de la vida sin sentido son siempre como una fiesta que, de pronto, celebráramos todos en un parque de caminos en constante bifurcación.

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Ilustración de José Miguel Castillo.

Llegados a este punto, que parece una coma, lo más apropiado será iniciar la rápida borradura del autor, matarlo momentáneamente, cubrir el texto, hacerlo impermeable a excesos de lo autobiográfico, a la inagotable tiranía del yo, y conseguir, de este modo, llevar toda la atención posible al centro de lo excéntrico, a la puerta de entrada de una galería donde late sin tiempo la originalidad y donde esperan, atomizados, los primeros excéntricos ejemplares.

Una cuña de castidad como regalo de bodas

En Conversaciones con Marcel Duchamp, el artista explica a Pierre Cabanne que nunca ha trabajado para vivir y se refiere a uno de los rasgos excéntricos que han atravesado toda su vida: la levedad. Es 1966 y Duchamp, que en nada cumplirá los 80 y poco después morirá, dice que comprendió bien pronto que no debía cargarse la vida con peso, “con demasiadas cosas por hacer, con aquello a lo que se llama una mujer, niños, una casa en el campo, un coche, etc. Eso me ha permitido vivir mucho tiempo como soltero mucho más fácilmente que si hubiera tenido que enfrentarme con todas las dificultades normales de la vida”.

Estas palabras recuerdan a Kafka, otro excéntrico al que volveremos con más detalle a lo largo de esta serie, que en sus cartas a Felice Bauer le expresa su temor a casarse y también le quita las ganas: “Pero qué me dices, Felice, acerca de una vida matrimonial en la cual, por lo menos durante algunos meses al año, el marido regresa de la oficina hacia las 2.30 o las 3, come, se acuesta y duerme hasta las 7 o las 8, cena rápidamente, pasea durante una hora, y luego comienza a escribir hasta la 1 o las 2 de la madrugada. ¿Serías capaz de aguantar todo esto? ¿No saber nada del marido, sino que está en su cuarto escribiendo?”.

Pese a todo Duchamp se casó en 1927 y su matrimonio duró solo unos meses. Es más adelante, ya a mediados de los cincuenta, cuando se casa de nuevo con Teeny Sattler, una boda que permite señalar otro de los rasgos distintivos, propios en la vida de un excéntrico: el humor. El artista le ofreció a su nueva esposa como regalo de bodas la escultura de elevado contenido eróticoCuña de castidad, donde alude al acto sexual y también a la imposibilidad del mismo. El erotismo estuvo siempre cruzando toda la estética de este excéntrico inventor del ready-made, que socavó toda la idea del arte occidental.

Duchamp, el artista de la indiferencia, de la no acción, de la bella lentitud, de la reflexión y las ideas, del pasotismo hacia todo lo que tuviera que ver con el éxito, concentra también un tercer elemento excéntrico: el silencio.

Es aquí cuando el autor debe recuperar su papel, para recordar que la verdadera pasión por la excentricidad me viene precisamente de este rasgo, de ese momento en el que los artistas se alejan, guardan silencio en lugar de repetirse y se dedican a hacer cosas comunes, mundanas, sin perder el aire raro, el equilibrio: juegan despreocupados al ajedrez en Cadaqués, viven tumbados en la cama leyendo a Faulkner, pasean en Navidad por la nieve en los alrededores de un manicomio en Herisau, consuelan a una niña que ha perdido su muñeca en un parque berlinés…

Ya aquí, al otro extremo del texto, en el cuarto de luz de la última columna, levanto la cabeza y veo de pronto la noria girar excéntrica en el puerto. Es de noche. Imagino que estoy allí arriba, que me quedo encerrado en lo más alto de la noria y que miro a la ventana donde ahora no estoy, porque estoy imaginando, y observo en mi habitación a un hombre parecido a Pessoa que abre su maleta, su maleta portátil, y saca de ella decenas de pedazos de papel escritos que tira al aire entre los reflejos de un charco suave de luz que se apaga, que se pierde en la madrugada inverosímil y lenta…

 

Publicado en La Opinión de Málaga

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