Suspense en el sofá

En mi roulotte negra de persianas bajadas, impulsado por el magnetismo estático y el escalofrío de una lejana tormenta, he pensado primero en ti de una manera que no existe, y luego he querido escuchar prometerme que un día levantarás para siempre la cabeza de tu teléfono y retomaremos el fascinante silencio de nuestra comunicación criogenizada.

¿Dónde estamos?, me he dicho mientras me hacía a la oscuridad como si fuera un autoestopista recontando sus miedos en el arcén, para luego dejarme caer como un muerto en mi sofá, sin quitarme de la cabeza lo que decía Hitchcock: “Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. Él lo ignora pero el público lo sabe. Eso es el suspense”.

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Hitchcock.

Con ese mismo suspense he imaginado yo de pronto una máquina ligera y fácilmente transportable en el bolsillo de una trenca, que colocada en el centro de cualquier conversación pudiera desactivar los móviles y medir nuestros niveles de vacío interior y, posteriormente, en una siguiente fase, pudiera recoger nuestra estupidez y relacionarla con la hondura de lo ridículo. Sería una especie de postmoderno ‘ready-made’ duchampiano que removiera el paisaje nevado de nuestra conciencia y nos devolviera esas ganas de disfrutar el instante y esas ganas de jugar a encontrar la certeza incierta ahogada en el vino.

¿Cuándo fue que dejamos de mirarnos, que entregamos nuestras vidas a la vileza de querer estar en todas partes y en ningún sitio? ¿Cuándo aprendimos a poner esta cara de no pensar, de garrafa de aceite vacía?, me he preguntado mientras he querido ver, por una grieta de una de las dos persianas, todas las aburridas tramas telefónicas arrastrando los pies camino de las mesas de los cafés de sobremesa, de lacenas románticas y de las reuniones de los dioses. Y al verlas he recordado que Rodrigo Fresán le preguntó a Banville si el estilo era el rey y la trama un soldado raso, y que éste, o quizá fue ya Benjamin Black, le contestó: “El estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies”.

No sé si todos nos estamos pudriendo vivos, que decía García Márquez, o por decirlo como Onetti en ‘El Astillero’, quizá es que “todo se pudre, todo cría cáscara y hay que tirarlo o venderlo”.

Ahora arranco esta roulotte negra de persianas cerradas y avanzo por una región interior donde deseo que los restaurantes estén siempre abiertos y que las cloacas funcionen debidamente, que es lo que decía Pla que quiere un pueblo, y que haya sitio luego en los autobuses. Sí, sólo eso quiero. Y que se queden afónicos los móviles una tarde cualquiera y que no queden de ellos ni el eco, ni la angustia, ni su maldita sombra.

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